Únicamente hay que sentir qué es llegar a lo más alto para darse
cuenta de que los más mínimos detalles no sólo cuentan, sino que son
imprescindibles.
Porque el día que le miras y no recibes esa sonrisa de “buenos
días”, ya empieza mal. Porque esa tarde que llega y no te habla de los
problemas que tantas veces has deseado que callara, sabes que algo falla. Y
quizá simplemente sea un desliz pero cuando has llegado a tenerlo todo, no hay
manera de aceptar una rebaja de confianza, de complicidad. No te conformas con
lo de siempre, ni con menos. Es ley de vida.
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